Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

lunes, 29 de julio de 2013

Miguel Hernández como pionero de la Poesía Social

Fragmento recitado por Ramón Palmeral

    La llamada  poesía social surge sobre los años 50, es un movimiento que supone un compromiso con los seres más desprotegidos y desfavorecidos de la sociedad; no obstante, uno de los pioneros de este movimiento o realismos socialista es Miguel Hernández, en 1937 publica Viento del pueblo porque le sale a flor de piel su sangre obrera. La poesía era para él una NECESIDAD, un deseo irrefrenable de justicia y libertad, por ello pone su voz al servicio del pueblo que es quien está sufriendo los abusos de todos los poderes que “le sepultan en la pobreza”.
   “El niño yuntero” es un alegato contra la niños trabajadores, él mismo fue uno de esto niños explotados por el padre como niño-pastor. Esta denuncia es un grito contra los niños trabajadores extrapolado a todos los niños del mundo que lo son soy llevados a yugo del trabajo como animales de carga, también a los llamados niños de la guerra por ciegos dictadores por un palmo más de tierra.
    En su viaje a la URSS aprenció a entender que no vivimos solos sono con los demás, y que nunca dejaría solo a un hombres en desgracia.

   Con “Aceituneros de Jaén” o “El niño yuntero” Miguel fue antecesor de los llamados poetas sociales.
El niño yuntero es un poema formado de 15 estrofas y 60 versos, perteneciente a su libro Viento del pueblo.  Éste es unos de los poemas más característicos de esta etapa en la que usa su poesía como arma social en el contexto de la Guerra Civil española.  El lenguaje es directo y la metáforas son claras pero a su vez muy expresivas pues pretendía calar hondo en las mentes del pueblo.
   El protagonista de este poema es un niño que al igual que Miguel Hernández tuvo que trabajar en el campo desde muy pequeño y sufre todas la desgracias que esto conlleva, a las que el autor dedica la parte central del poema (“como la herramienta,/a los golpes destinado”, “Cada nuevo día es/más raíz, menos criatura”). Hernández finaliza su poema con dos versos que dejan ver la profundidad de este sufrimiento que muchas generaciones han padecido.

El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.


Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.


Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.


Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.


Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.


Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.


Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.


A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.


Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.


Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.


Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.


Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.


Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.


¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?


Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.



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Meat of yoke, has born more humiliated that beautiful, with the neck being pursued by the yoke for the neck.

Recita Francisco Javier Trovador en la casa Museo Miguel Hernández 2007

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 IV. EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO EN MIGUEL HERNÁNDEZ
    En la primera etapa de Miguel Hernández, en pleno éxtasis de expresión religiosa y de eufórica asunción de las teorías teocéntricas –y, por ende, conservadoras– que para la política española postulaba Ramón Sijé, Hernández sublima el trabajo y la abnegación como peldaños de la escalera con la que se alcanza a Dios: «El trabajo es la escala para ver a Dios». La primera obra teatral publicada de Hernández es una obra religiosa: se trata del auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras (1933-1934). En él condena los actos revolucionarios de los campesinos; critica con acritud las posiciones políticas de los anarquistas y los comunistas y de los sindicatos obreros.
     La situación social y política de la época de Miguel Hernández era la misma que la de fines del s. XIX: una oligarquía territorial que había impedido cualquier reforma agraria para que se cultivaran las propiedades y se repartieran para el cultivo los inmensos latifundios del campo español, un clero conservador y reaccionario dominante e inmovilista, una clase militar autoritaria (con un ejército en el poder apoyando la monarquía o imponiéndose por la fuerza: una Guardia Civil represora, unos militares sin escrúpulos para el golpe de Estado). Los cambios que quisieron realizar algunos Gobiernos de la II República española (desde 1931) provocaron la guerra civil (1936).
  Cuando los poetas del grupo del 27 recogen el romancero y la poesía popular tradicional, rara vez acometen los problemas del pueblo desvalido contemporáneo. Sólo Miguel Hernández se funde, se asimila, se considera verdaderamente pueblo, «viento del pueblo», que canta «cuanto a penas, cuanto a pobres, / cuanto a tierra se refiere».
    Esta posición socialmente alienada procedía de la generación del 98. Podemos salvar a Antonio Machado. quien sí se preocupó del hombre de España, del campesino de las tierras de Soria; preconiza Machado una poesía sin renunciar a la condición Humana. Pero no da soluciones. El oriolano sí aporta propuestas en sus escritos: propugna una reforma agrícola de mejor reparto de tierras y de cultivo racional. El gran compromiso que enaltece la figura y la obra de Hernández radica en que puso sus fuerzas para defender la tierra, para dignificar al hombre del campo y para concienciarlo de sus posibles derechos y de las posibilidades de conseguirlos («Aceituneros», pág. 224).
     La nueva vida de Miguel Hernández en la capital española, los avatares de la política (los tristísimos sucesos que caracterizaron el bienio negro, entre 1934 y 1935, especialmente la intervención violenta de las fuerzas armadas en la revolución de Asturias, en octubre de 1934, y la anterior reacción cruenta en Casas Viejas, Cádiz, en 1933) y las nuevas amistades terminan provocando que Miguel abandone el lastre ideológico oriolano. Paulatinamente Miguel Hernández se decanta hacia el lado del más débil, del desvalido obrero. Comienza así un nuevo período junto a la nueva clase social que reivindica sus derechos: la del pueblo trabajador. Abandona la poesía pura y católica de antaño e inicia en la segunda mitad de 1935 una poesía impura, con las primeras protestas sociales. La poesía impura se define como una poesía manchada por su ímpetu social y su afinidad con la «inmensa compañía», con la libertad y la defensa de los valores humanos más comprometidos popularmente. Es el antípoda del esteticismo y del elitismo minoritario de la poesía pura de la época anterior: la poesía dirigida a la inmensa minoría (tal como la etiquetó Juan Ramón Jiménez), una poesía aséptica y alienante.
    El paso a la guerra civil y a la nueva poesía tiene ya unos sólidos cimientos. El poeta se considera ya pueblo, definitivamente, «pueblo de mi misma leche». No se trata sólo de una literatura circunstancial, sino también de una convicción sincera que dota de veracidad la palabra hernandiana cada vez más aliviada de emulaciones: el poeta encuentra una voz sumamente personal apostando por el versolibrismo (y el versículo) y renunciando al clasicismo métrico. El estilo se hace claro y transparente, directo, para ser comprendido por el humilde (mayoritariamente rural y analfabeto); el metro es popular, el popularísimo romance, y la metáfora se simplifica.
    Durante la situación bélica, surge una vertiente del tema de España: la incitación a la lucha por la lealtad a ideales de solidaridad y de compromiso político. En la mayoría de las composiciones de guerra aparece el tono épico dirigido a un
protagonista colectivo, pero nunca se omite lo lírico, porque Hernández siempre canta desde dentro, y esa exaltación de hondo calado humano es lo que perdura («El herido» [Para la libertad sangro, lucho, pervivo], cantada por Joan Manuel Serrat).
    El tono épico y social (sangre, sudor, trabajo) que invade esta etapa se resuelve en lo lírico, abandonando el fragor de la batalla, regresando en ocasiones a lo cotidiano de la vida íntima: las cartas que envía a su amada. Con su poesía sigue luchando contra la opresión y las cárceles («Las cárceles», pág. 260). En definitiva, si entendemos por poesía social aquella que nace de un compromiso con los seres más desprotegidos de la sociedad, afirmaremos sin dudas que toda la obra de Miguel Hernández –junto a la veta del amor– recoge un profundo contenido de poso social que brota de la honda fidelidad del poeta a sus propios orígenes humildes.
    Una de las facetas más logradas de Hernández fue, en efecto, su preocupación por los ámbitos del trabajo, la explotación del asalariado, la pobreza o el hambre. Su poesía social es una síntesis del dolor compartido y de denuncia contra la injusticia capitalista, en defensa de las clases explotadas. Una de las más altas cimas de la poesía social es «El niño yuntero» (pág. 217).
    Después de su viaje a la URSS (1937), también hay poemas directamente dirigidos a ensalzar la política soviética por la ilusión de su régimen comunista («Rusia», «La fábrica-ciudad», de El hombre acecha, 1939, un libro non nato), a alabar a los amigos republicanos por su combativa resistencia a favor de los ideales democráticos de la España progresista («Pasionaria», «Al soldado internacional caído en España», de Vientos del pueblo, 1937), y a vejar a los enemigos de la España libre («Ceniciento Mussolini», «Mandado que mando a don Gil de las calzas de CEDA», etc.). Son los poemas políticos que menos interesan estéticamente hoy, pero que sitúan a Miguel Hernández como modelo del hombre de letras comprometido con la libertad y la justicia.