Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

sábado, 4 de abril de 2026

Sábado, antes del Domigo de Ramos de la Semana Santa de 1942

 

       (Mausoleo dedicado a Hernández, mujer e hijo Manolillo, en el cementerio de Virgen del Remedio de Alicante)

 

El universal poeta Miguel Hernández muere el 28 de marzo de 1942 en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante (no confundir con la Prisión de Alicante donde fusilaron a José Antonio), en plena posguerra franquista, tras haber pasado por trece cárceles. Era un sábado antes del Domingo de Ramos— fecha que introduce un componente simbólico: la cercanía de una festividad que conmemora la entrada de Cristo en Jerusalén, antesala de la Pasión del Señor. Esa coincidencia refuerza la lectura casi sacrificial de su muerte, frecuente en la interpretación de su figura.

La escena de su agonía y muerte que se describe por lo presos compañeros es profundamente desoladora. El poeta muere “con los ojos abiertos”, imagen que sugiere tanto desamparo como una especie de vigilia final, casi testimonial. No se trata de una muerte rodeada de afectos, sino de una muerte institucionalizada, burocrática, en un espacio de reclusión. La posterior entrega de sus pertenencias a Josefina Manresa intensifica esta impresión: la enumeración minuciosa de objetos cotidianos —ropa gastada, enseres mínimos— funciona como inventario de una vida reducida a lo esencial, a lo estrictamente material. Ese “mísero ajuar” no es solo una lista: es la evidencia tangible de la degradación sufrida por el preso.

Particularmente hiriente resulta la nota administrativa final: «Pase a desinfección, y desde allí a Almacenes de Administración». El lenguaje burocrático, frío y despersonalizado, contrasta violentamente con la tragedia humana. La persona desaparece; quedan los objetos, tratados como simples elementos que deben ser procesados. Es un ejemplo claro de cómo la maquinaria institucional borra la individualidad incluso después de la muerte.

 El parte oficial habla de “fimia pulmonar” (probable deformación de “tisis pulmonar”, es decir, tuberculosis) y, sobre todo, incluye la frase: “Ha recibido los auxilios espirituales”. Esta expresión, habitual en el lenguaje administrativo de la época, tiene una carga significativa. Indica que, antes de morir, Hernández habría sido asistido por un capellán, recibiendo los sacramentos propios del final de la vida, en particular la confesión y la Unción de Enfermos.

Aquí se abre la cuestión interpretativa que planteamos. La hipótesis de que el mismo capellán que lo casó e intervino en sus últimos momentos le administrara también la unción resulta verosímil dentro del contexto carcelario y religioso del momento. En las prisiones franquistas, la asistencia espiritual formaba parte del protocolo, y más aún en el caso de un moribundo. Además, se sabe que Hernández accedió a un matrimonio religioso en sus últimos días, lo que sugiere cierta disposición —o al menos aceptación— de estos ritos.

Sin embargo, más allá del dato concreto, lo importante es la ambivalencia que encierra: por un lado, el reconocimiento de su humanidad en el trance final mediante los sacramentos; por otro, el contraste con las condiciones de abandono, enfermedad y represión que lo llevaron a esa situación. La posible unción no borra la dureza de su destino, pero añade una dimensión íntima y compleja a su muerte.

Unos años administrativo, lo material y lo espiritual se entrecruzan. La muerte del poeta Miguel Hernández aparece así como un episodio profundamente humano y, al mismo tiempo, marcado por la deshumanización de su contexto histórico: una vida que se extingue entre papeles oficiales, objetos pobres y un último gesto religioso que intenta —quizá— devolverle algo de dignidad en el umbral final.

Conmocionó a todo el mundo literario de la época tanto en España como en el exilio.

Ramón Fernández Palmeral

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