Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

domingo, 18 de octubre de 2020

AMOR EN EL ATARDECER DE OSCEDA, Por Antonio Ángel Parra Ruiz. A Miguel Hernández en el 110 aniversario de su nacimiento.


 



AMOR EN EL ATARDECER DE OSCEDA

A Miguel Hernández en el Aniversario de sus 110 años de su nacimiento,
dedicándole el siguiente Relato de una bella historia de amor; que viene a ser como
una rememoración de los días álgidos de amor disfrutados junto a su amada esposa
Josefina Manresa.


A mi esposa, Piedad, con todo mi cariño.


Rafael y Teresa, jóvenes de veinticinco y veintidós años, respectivamente,
habían nacido en este atractivo y delicioso pueblo andaluz de Osceda. Como es
consiguiente, se conocían desde niños y se habían educado juntos en el mismo colegio,
donde compartían no sólo estudios, sino juegos; creciendo y viviendo en ambientes
familiares similares. Conforme fueron pasando los años, congeniaron y simpatizaron
hasta sentir ambos una mutua atracción, comenzando a salir juntos; de manera que, con
la mayoría de edad, habían llegado a formalizar su relación, una vez que intimaron
profundizando en su amor.


Eran muy metódicos y comedidos en sus costumbres, paseos y divertimentos, sin extralimitarse; tenían infinidad de amistades y compartían con los
demás diversiones, giras campestres y alegres veladas.


Aquel día, como hacían habitualmente al despedirse, se citaron para verse
al día siguiente, por la tarde. Eran las cinco de la tarde de esta fecha agosteña, cuando
Rafael se acicaló y se dispuso a ir al encuentro de su novia. La halló esperando en el
porche de entrada de su casa y, nada más percibirla, su corazón se aceleró y redobló su
caminar. Por su parte, ella, al presentir a lo lejos la querida figura varonil, se estremeció
y sintió que su profundo amor se acentuaba aún más.


Cuando estuvieron juntos, él la envolvió en sus brazos y le dio un cariñoso
beso de bienvenida. Al separarse, la contempló y la vio sumamente bella y atractiva,
embutida en un vaporoso y sugestivo vestido veraniego, que resaltaba su figura
escultural; mientras, mantenía su boca en un expresivo y gracioso mohín.
Terminado su tierno saludo, comenzaron con su paseo habitual lento y
cadencioso, con las manos entrecruzadas, mientras se decían frases placenteras. Como
no eran partidarios de la bulla, decidieron ir a un paraje cercano a la localidad,
dominado por un lago con una gran alameda a su alrededor, muy frecuentado por los
lugareños. Así pues, dejaron la carretera asfaltada de la vetusta Ciudad, y tomaron a la
derecha de la carretera el camino que conducía al lago: era un sendero forestal sin
asfaltar, farináceo y polvoriento, que atravesaba serpeando el campo y la huerta.
Mientras caminaban, platicando y contemplándose fervorosamente, observaban con
admiración el paisaje que se abría ante ellos.

La tarde de estío era luminosa y apacible, sin calor excesivo, pues una
suave brisa lo combatía.

El campo aparecía pletórico y lleno de contrastes. Dentro de primorosos
huertos acotados, se encontraban numerosos árboles frutales, la mayoría de ellos en
sazón. Se veían grises y verdosos cerezos de cuyas ramas pendían -aferradas con fuerza
a los pedúnculos- las diminutas, globosas y sonrosadas cerezas; en otros, se
columpiaban a favor del leve céfiro, las voluptuosas y refrescantes peras de agua que,
con la sola contemplación, apaciguaba la sed y el sofocante calor; más allá, se divisaban
campos sembrados de viñedos cubiertos de cepas perfectamente alineadas, de cuyos
sarmientos colgaban gruesos racimos de uva blanca y negra, gratamente velada de
pámpanos y zarcillos retorcidos en graciosas figuras. En la orilla de la vereda, discurría
un arroyo que servía de regadío, formado con agua límpida y transparente procedente
del lago y fontanal: de su ribazo, que delimitaba los huertos, nacían frondosos
membrilleros, cuyos frutos amarillentos contrastaban con el colorido grisáceo y marrón
de los ramajes de los árboles; el verde claroscuro de las hojas; el rojo-rosáceo, verduzco
y ambarino de los manzanos, perales y ciruelos. En la lejanía, los montes se distinguían
en dos tipos: los pelados y rocosos de tonos ocres y parduscos -llenos de oquedades y
riscos-, y los de lomos verdes de pinos que cabalgaban hasta sus cimas, en donde sus
copas cosquilleaban el azulado firmamento.


Continuando su caminar pausado llegaron junto a un cortijo, donde un
matrimonio de hortelanos, de rostros bondadosos y rubicundos, dormitaba en sendas
mecedoras bajo la pérgola del portal, a la que daban custodia y grata sombra dos
enormes avellanos. En la extensa era de una hacienda un arriero cuidaba de su caballo;
cuya piel lustrosa irradiaba con el sol; en el lateral opuesto, algo más lejana, se divisaba
otra era solitaria, donde azacaneaban unos obreros campesinos en la recolección del
trigo: uno de ellos montado en el trillo, dando vueltas como las ruedas de los caballitos
sobre la parva recién extendida y, los otros, una vez trillada aventándola. Más adelante,
vieron en la orilla del camino a una abubilla que los observaba con sus ojillos redondos,
vivaces, curiosos y timoratos, exhibiendo en su cabeza el penacho erguido: al llegar a su
altura, ellos hicieron ademán de acercarse a ella, por lo que asustada desplegó sus alas y
huyó, dejando ver al elevarse su cuerpo rojizo de vistoso plumaje. También se
tropezaron con una manada de cuervos que, en un sembrado, buscaba su sustento;
quienes, al verles, remontaron el vuelo graznando; dejando sus siluetas, a contraluz,
unas manchas negruzcas, entenebreciendo la claridad de la tarde. En la copa de un
olmo, descansaba una colonia de palomas silvestres vestidas de plumaje azulado y patas
encarnadas, que eran espiadas desde lo alto por la mirada aviesa del águila perdiguera.
En un olivar, una pareja de tórtolas se recreaba en su amor, alegrando el ambiente con
sus excelsos trinos…

Rafael y Teresa, mientras caminaban, iban deleitándose en todo esto que
contemplaban sus ojos, al tiempo que recordaban los acontecimientos y pinceladas de
sus vidas en común, desde que se conocieron hasta la actualidad. Llegaron, mientras
tanto, a una bifurcación del sendero que, por la izquierda, llegaba a lo más recóndito del
campo y, a la derecha, al lago y alameda que ya se divisaba en la lejanía, hacia donde
ellos se dirigieron.


A pocos metros, se tropezaron con un labrador de edad provecta, que
regresaba al pueblo montado en un borriquillo, que llevaba los serones repletos de las
frutas y verduras recolectadas por el horticultor: las manos de éste descansaban en el
cuello del animal, sujetando las riendas. Al llegar a la altura de la pareja, el hombre se
quitó ceremonioso su sombrero de paja, al tiempo que inclinaba su ajado rostro
esbozando un saludo: ellos, le contestaron afablemente, mientras seguían embutidos en
su mundo de arrumacos y caricias. El labriego se quedó en actitud pensativa, y dijo para
sí: -¡Ah…, preciosa juventud…!- y su rugosa faz resplandeció con una sonrisa, al
evocar los maravillosos años vividos en su mocedad. Luego, azuzó al jumento,
clavándole las alpargatas en los ijares y tensando las bridas para obligarlo a caminar. El
animal avivó el paso, dejando las huellas de sus pezuñas herradas en el suelo;
desapareciendo ambos tras un recodo.


Llegaron, por fin, los jóvenes, a su anhelado destino. Aquí, se quedaron
contemplando la quietud del lago formado por las fuentes de alrededor -de las que
manaba abundante agua pura y cristalina-, que desaguaban en acequias y brazales para
el regadío. Las orillas aparecían totalmente repletas de verdor y colorido de los
carrizales; junquillos; cañaverales y flores silvestres que crecían en ellas.
Cuando terminaron de contemplar el lago y sus cercanías se dirigieron a la
alameda: allí se sentaron sobre el mullido césped repleto de musgo, descansando de la
caminata. Ante ellos discurría rumoroso y ruboroso el río, en cuya cresta refulgía un sol
crepuscular… Ella descansó su espalda sobre el lomo de un joven, delgado y enhiesto
chopo. Él, se colocó a su lado, rodeando con su brazo su esbelto y delicado talle y,
mirándola con arrobamiento, besó su boca fresca y jugosa. La contemplaba con
veneración al tiempo que alababa su extraordinaria belleza. En efecto, Teresa podía
competir con cualquier diosa: tenía el rostro redondo, dúctil y aterciopelado, donde
descollaban unos ojos almendrados, zarcos y chispeantes; la nariz recta y unos hoyuelos
graciosos dibujados junto a la boca, de labios finos y tamaño proporcionado; sus
cabellos dorados, estaban formados por numerosos bucles, cuyas guedejas formaban
caprichosas cenefas; sus hombros eran menudos; el cuerpo de talle estrecho, esbelto y
sinuoso; brazos y piernas torneados; y las manos, de dedos delgados y largos, eran
cálidas y de una blancura inmaculada. Permanecía con la cabeza levemente inclinada al
suelo, el rostro arrebolado, escuchando con complacencia la voz recia de su novio.
Cerca de él no solo se emocionaba, sino que se sentía protegida ante cualquier
adversidad o peligro.


Así continuaron durante horas musitando palabras ardorosas y embebidos
en amor eterno, prometiéndose una vida llena de venturas, solos, en la inmensidad del
paraje; con la única presencia del Ojo invisible de Dios, y de los estilizados álamos que
asentían al juramento de los núbiles, al mecerse coquetos impelidos por la agradable
aura. Para ellos, el tiempo pasaba con monotonía, como si no existiese, y cada instante
fuese intemporal en aquella tarde bucólica y celestial; se consideraban afortunados al
conocerse y compartir estos momentos de felicidad exorbitante.
Después de esta exaltación amorosa, se levantaron y acercaron a una fuente
y, arrodillándose, asomaron a ella sus rostros juveniles y fulgurosos: en el fondo de la
fuente, borbotaba y burbujeaba el agua que manaba de las entrañas de la tierra. De
pronto, Teresa, sumergió el dedo índice nacarado en el estanque y, jugueteando con el
agua, produjo una turbulencia. Al instante, como un mal presentimiento, su rostro se
contrajo y tornó circunspecto, perdiendo en su obnubilación su bella sonrisa y, con un
hilo de voz tremulosa, preguntó a Rafael:


-¿Me quieres…?

Él, sorprendido en un principio por la seriedad y el contenido de la
pregunta, no respondió; más, reaccionando seguidamente, dijo con rotundidad y
vehemencia:
-¡Sí, con toda mi alma!

Para disipar sus dudas y refrendar su juramento, le estampó un cariñoso
beso. Entonces, ambos se cogieron de las manos sintiendo el refluir de la sangre por sus
venas y se fundieron en abrazo perpetuo, volviendo a unir sus bocas en prolongado y
fogoso beso. Cuando terminaron su efusión, se quedaron contemplando nuevamente la
fuente, que ya había recobrado su nitidez y normalidad. Teresa comprendió que sus
temores eran infundados, y creyó en la fidelidad de Rafael.


La tarde se desvanecía y el crepúsculo llegaba a su ocaso. El Sol
desparramaba su último aliento en tenues y rojizos rayos, desapareciendo su inmenso
círculo ígneo en la lejanía; el monte tras el que se ponía, se hizo más erecto e
imponente, al ensombrecerse. La Luna apareció redonda, mórbida y pálida: junto a ella,
repuntó el Lucero de la tarde, brillante y plateado como una joya, como queriendo
competir con aquélla. En un sembrado lejano, un labrador dejó de binar la tierra
despojándose de su sombrero y, con monotonía, fue recogiendo los aperos. Enjaezó a
continuación su caballo que pacía en el prado, para regresar a su morada… Conforme se
difuminaba la luminosidad del atardecer, fueron apareciendo miríadas de estrellas
titilantes que se arremolinaban alrededor de la Luna e iban espesándose y
confundiéndose en la inmensidad de la bóveda celeste… Ellos abandonaron entonces su
refugio de amor, volviendo a caminar presurosos por el mismo sendero polvoriento,
acompañados e iluminados por los débiles rayos lunares que, a sus espaldas, se
prolongaban en una estela resplandeciente y argentada en la superficie del lóbrego
estanque. A lo lejos y ante sus ojos, se dibujaban los contornos de la milenaria Ciudad,
ya iluminada con los faroles…


Antonio Ángel Parra Ruiz


Orihuela, abril 2002


Antonio Ángel Parra Ruiz
Orihuela, abril 2002

                                           (Foto del autor con su esposa)


A la atención de Ramón Fernández Palmeral, acérrimo entusiasta de Miguel Hernández
y, gran difusor de su vida y obra.