Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

jueves, 17 de octubre de 2019

Un excelente artículo de Julián García Torrellas sobre Miguel Hernández en Palencia

 
(Prision Provincial de Palencia donde estuvo preso Miguel Hernández (23-09-1940-24-11-1940)

 

El famoso preso de la celda 23

El insigne escritor de Orihuela llegó a la ciudad en un tren de mercancías, tras un penoso viaje que duró 16 horas

JULIÁN GARCÍA TORRELLAS/PALENCIA.




Página del expediente que se abrió a Miguel Hernández en la cárcel de Palencia. A la izquierda, carta que envió desde aquí a su mujer. Ambos documentos están publicados en 1992 en 'Miguel Hernández en la carcel de Palencia', de Julián García Torrellas. En la imagen central, retrato que dibujó Antonio Buero Vallejo al poeta en la cárcel de Madrid, donde coincidieron, propiedad de la Fundación Miguel Hernández.
El sábado se conmemoró el primer centenario del nacimiento de Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942). Dos años antes, pasó por la cárcel de Palencia. El poeta pisó por vez primera suelo palentino el día 23 de septiembre de 1940. En la cárcel de Palencia permaneció durante dos meses cumpliendo una pequeñísima parte de la condena a treinta años de prisión que un juzgado militar le había impuesto por su participación en el bando republicano durante la guerra civil. Y fue en Palencia donde cumplió los treinta años de edad, su penúltimo cumpleaños.
La cárcel de Palencia fue un eslabón en la cadena de presidios que el poeta oriolano conoció tras la guerra civil. Temeroso de la represión franquista, Miguel Hernández huyó a Portugal con la intención de llegar hasta Lisboa para solicitar asilo político en la embajada chilena. Pero nada más cruzar la frontera por Rosal de la Frontera, fue capturado por la policía portuguesa y entregado a las autoridades franquistas. Fue aquí donde comenzó el final trágico del poeta. Rosal de la Frontera, Huelva, Sevilla, Orihuela, Madrid, Palencia, Ocaña y Alicante fueron las ciudades y prisiones por las que Miguel Hernández fue arrastrando su pena y dejando su salud.
El traslado de Miguel Hernández a la antigua Prisión Provincial de Palencia se produjo entre la noche y la mañana de los días 22 y 23 de septiembre de 1940 en vagones de mercancías, en un penoso viaje que duró más de dieciséis horas.
En este destino a una ciudad tan distante de su tierra natal, algún biógrafo del poeta ha querido encontrar una falsa justificación atribuyendo el traslado a una equivocación del funcionario que tramitó el mismo y que presumiblemente cambió el nombre de Palencia por Valencia, ciudad esta última mucho más cercana a su tierra natal y a su familia.
El poeta fue enviado a la capital palentina junto con otros 244 presos, entre los cuales, al igual que el propio Miguel, también había muchos condenados a penas de treinta años de prisión. Una parte de aquellos reclusos fueron ingresados en el antiguo manicomio, habilitado como prisión provisional, mientras que el resto, entre ellos Miguel Hernández, fueron internados en la Prisión Provincial de la avenida de Valladolid.
La llegada al nuevo destino carcelario coincidió con la celebración de la fiesta de la Merced. Las guirnaldas, cadenetas y demás elementos ornamentales de la prisión de Palencia infundieron una falsa imagen a los recién llegados. Era una cárcel celular concebida para una población reclusa inferior a cien presos. Pero con la llegada de esta expedición, el número de reclusos sobrepasó el millar. El hacinamiento era total y Miguel Hernández, que fue destinado a la celda número 23, tuvo que compartir su reducido espacio de seis metros cuadrados con otros nueve reclusos.
A las duras normas carcelarias se sumaron el frío y la pésima alimentación. Miguel Hernández comenzó a sentirse solo y necesitó buscar refugio en algunos de sus compañeros de presidio. En Palencia, a diferencia con Madrid, no tenía amigos que le visitasen en la cárcel o que le llevasen comida. Su consuelo estuvo en la tarjeta postal que cada semana podía escribir a su familia y en la espera de poder recibir noticias de su mujer.
Durante los dos meses que Miguel Hernández estuvo preso en la cárcel palentina escribió a su mujer en nueve ocasiones. Del contenido de las cartas del poeta se entreven algunos aspectos sobre cómo fue su estancia en Palencia. El régimen disciplinario de la cárcel le impidió escribir a su esposa unas cartas tan extensas como las que le enviaba cuando estaba preso en Madrid, y Miguel Hernández tuvo que aprovechar al máximo el reducido espacio de esas tarjetas postales.
En la relación epistolar mantenida desde Palencia, Miguel Hernández y su esposa se mintieron mutuamente para eludir sufrimientos y preocupaciones, pero los dos sabían que la realidad era otra muy distinta. En el análisis del contenido de esta correspondencia se ven los encubrimientos consoladores a los que recurre el poeta. En un intento de evitar sufrimientos a su esposa, Miguel Hernández pocas veces le contó la verdad. Casi siempre intentaba convencerla de que su situación era buena, pero la realidad era todo lo contraria. Un claro ejemplo de esos engaños a su esposa es que cuando fue trasladado a Palencia, aún no le había comunicado que estaba condenado a treinta años de cárcel, ni tan siquiera antes le había dicho que había estado condenado a la pena de muerte.
Las tres primeras semanas de estancia en la cárcel de Palencia fueron muy angustiosas para el poeta por la falta de noticias de los suyos. Los días de las semanas transcurrieron esperando ansiosamente noticias de su esposa. La melancolía por la ausencia de sus seres queridos intentó ser mitigada mediante la contemplación de una fotografía de su hijo, «a la que doy mi repaso diario», según le decía a su mujer en la tarjeta escrita el 14 de noviembre.
A su estado de preocupación por el alejamiento de sus seres más queridos, Miguel Hernández tuvo que enfrentarse a otros dos serios problemas en la prisión palentina: el frío y el hambre.
La alimentación de los reclusos en la cárcel de Palencia fue pésima. Miguel Hernández palió aquella situación comprando alguna vez alimentos en el economato de la prisión, gracias a la ayuda económica que ocasionalmente recibió de sus padres. En otras ocasiones, fue la solidaridad de los propios reclusos, sobre todo los que tenían familia en Palencia y les llevaban alimentos a la cárcel, los que contribuyeron a mitigar el hambre del poeta.
El otoño de 1940 fue extremadamente frío en Palencia. Miguel Hernández esperó ansiosamente la ropa de abrigo que había pedido a su esposa. Una cazadora, unos pantalones, ropa interior y unas botas, porque las alpargatas que calzaba no impedían que se le congelasen los pies. En una de sus tarjetas, Miguel Hernández describió a su esposa cómo era aquel gélido otoño palentino: «Hace frío de verdad aquí. Al que le da por reírse, le queda cuajada la risa en la boca, y al que le da por llorar, le queda el llanto hecho hielo en los ojos».
Convencido de que en su nuevo destino carcelario debía pasar una larga estancia, Miguel Hernández intentó convencer a su mujer para que se trasladase a vivir a Palencia, donde, según le decía, «no falta el pan y podrás trabajar como modista (…), y el frío, acostumbrándose a él, es saludable, y nuestro hijo se criará más fuerte, porque esto es muy sano».
Durante su estancia en Palencia, la producción poética de Miguel Hernández fue prácticamente nula. En alguna ocasión, encargó comprar tinta y papel a la familia de un compañero de presidio. Solo quedan los recuerdos de algunos compañeros de cárcel que en su día poseyeron algún poema escrito y dedicado por Miguel Hernández y que el tiempo y el exilio hicieron desaparecer.
Dos meses después de su llegada a Palencia, en la madrugada del día 24 de noviembre, Miguel Hernández fue entregado, a las dos de la madrugada, a una pareja de guardias civiles cuya misión era la de custodiar al poeta hasta su nuevo destino en la prisión de Ocaña. Atrás dejaba la ciudad de las mantas y el frío tan intenso que, presumiblemente, pudo llegar a afectarle gravemente.
El deterioro de la salud del poeta durante su estancia en Palencia ha supuesto todo tipo de conjeturas. Han sido varios los biógrafos que, sin testimonio alguno, han afirmado con total seguridad que Miguel Hernández enfermó de neumonía en esta cárcel. El frío extremo de aquel otoño palentino, el hambre o las malas condiciones de higiene de la prisión fueron circunstancias en las que cualquier recluso podía contraer todo tipo de enfermedades. Pero ninguno de los compañeros de Miguel Hernández en la cárcel palentina recordaba que aquí enfermase o que se le llegase a prestar atención en la enfermería de la prisión.

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Artículos y Documentos

El recuerdo de Miguel Hernández en "24 años en la cárcel"
Manuel Parra Pozuelo - noviembre 2004



24 años en la cárcel es el título de un libro de Melaquisidez Rodríguez Chaos en él que relata su dilatada estancia en las cárceles franquistas y en el que hemos encontrado interesantes referencias a la estancia de Miguel Hernández en estas prisiones.

Miguel aparece por primera vez en las páginas de este libro al relatar su autor su estancia en la prisión de Conde de Toreno, en la que ingresó el poeta el 3 de diciembre de 1939, trashaber pasado dos horribles meses recluido en el seminario-prisión de Orihuela, habilitado como prisión temporal. Miguel, que había llegado a su puebloen una efímera y fugaz libertadde 15 días, pues como inmediatamente se constató tenía pendiente otro proceso por el que seria juzgado y condenado amuerte de la que despuésfue amnistiado, aunque se le mantuvo unapenade treinta años de prisión, había vuelto a serdetenido, en Orihuela,el 29 de septiembre, esta vez de modo definitivo.

Según el memorialista, la vida en aquella prisión era durísima, en ella estaban recluidos los que habían pertenecido al S.I.M., al S.I.E.P., Servicio de Investigación Periférico, o a unidades guerrilleras o a la policía y en esta prisión, cuando conoció al poeta, que se entrevistaba con todos los presos, recibió una gran sorpresa por que según Melquiasedez:"los poetas que él había conocido – pocos por cierto- eran gentes secas, pálidas,descuidadas,y con aires de personas muy finas. Miguel era de figura tosca. No sé quien escribió que tenía cara de patata recién arrancada. Pero es una buena imagen. Las manos nudosas, los pies huesudos, los andares de campesino. Y su soledad se acrecentaba por su vestimenta: camisa de retor moreno con cuello de tirilla, pantalón caqui de soldado, unas alpargatas de esparto, sin cintas. Y por si faltaba algo, el pelo al rape."

Miguel Hernández, se entrevistaba con todos los presos para con el relato de sus experiencias escribir un libro en el que se reflejasen, de modo veraz, los crímenes del franquismo, y cuando habló con él tomaba notas y másnotas. Miguel, pues, continuaba ejerciendo una de las profesiones que yahabía practicado durante la guerra , la de periodista , que le había permitido ela laborar numerosos reportajes , y como entonces, intentó serjustoy verdadero reflejando la realidad, igual que habíahecho en los momentos en que la verdad hablaba a balazos en los campos.

Melquesidez afirma haber coincidido con Miguel en las clases de francés, inglés e historia general que los reclusos organizaban y que eran impartidas por otros compañeros especialmente capacitados, el poeta oriolano siempre estaba dispuesto a respondera cualquier pregunta, y según los recuerdos del memorialista :“En todo era igual, daba su opinión sin preocuparse del efecto que pudiera causar a los demás. Expresaba lisa y llanamente sus sentimientos".

Según Antonio Buero Vallejo, compañero de Miguel en la cárcel de Toreno, en ella compuso el poeta oriolano uno de sus últimos poemas , el titulado Sepultura de la imaginación.

El 22 de septiembre de 1940, Miguel, junto a otros setenta presos, fueron trasladados a la prisión de Palencia en tren de marcancias, salieron de la cárceles esposados y les hicieron subir a camiones que los condujeron a la Estación del Norte. La Guardia Civil estableció un cordón doble paracontrolar a las familias que intentaban acercarse a los prisioneros. En la versión de Melquesidez se recoge una intervención de Miguel Hernández que, encarándose con un sargento, que no permitía a una madre abrazar a su hijo enfermo, le dijo:"No somos criminales. Somos personas dignas. No pueden continuar insensibles al dolor de esa madre. Si lo hacen sus conciencias no se libraran del peso del remordimiento".Consiguiendo que, desde ese momento, la guardia civil adoptase una actitud más permisiva.

La cárcel de Palencia estuvo en la celda 23, estaba llena de campesinos que, en muchos casos estaban presos, desde el principio de la guerra y, desconociendo las circunstancias que habían rodeado su final, deseaban ser informado por los recién llegados, Miguel Hernández, que a sus treinta años era el de más edad de su celda, fue de los más requeridos para explicar la trágica derrota de la republica, además se hizo querer por todos los compañeros, especialmente por los campesinos, y, estudiando todo lo que podía, el mismo organizó una clase de gramática en el patio de la prisión.

El traslado de Miguel a la prisión de Ocaña, el 24 de noviembre de 1940, significó una dolorosa separación para todos los que habían estado junto al poeta desde su ingreso en la prisión de Toreno, o lo habían conocido en la de Palencia, y, según Melquesidez, muchos de aquellos compañeros vertieron lágrimas.

Es preciso relatar que la situación de los presos era en Palencia, si cabe, aún peor que la de la prisión de Conde de Toreno, y se veía agravada por las dificultades de comunicación con la mayoría de las familiasy por las bajas temperaturas invernales propias de la esteparia meseta castellana y fue en su corta estancia en esta prisión, en la que Miguel sufrió una neumonía y una hemotisis, aunque ninguno de los presos soportó periodo alguno de cuarentena, los distribuyeron, nada más llegar, en grupos de diez y asignaron a cada grupo una celda de seis metros cuadradosque no disponían ni de agua ni de water, en la celda asignada a Miguel que, según Melquesidez, era también la suya, todos eran comunistas con excepción de un anarquista.

El autor de estas memorias, que permaneció en la cárcel de Palencia durante mucho tiempo, nos diceque fue mediante la lectura delperiódico Redención como tuvieron conocimiento de la muerte el poeta. al que habían visto llorar recitando alguno de sus poemas, y aunque, en principio, se negaban a aceptar la veracidad de esta información, una carta de su compañera les confirmó lo cierto de su muerte, aunque según dijo Melquisidez no había muerto:"Nos lo habían matado sometiéndolo privaciones y a una vida cruel".

De este modo, desde el 28 de marzo de 1942, el recuerdo de Miguel Hernándezse albergó y se inscribióde modo indeleble, primero en sus compañeros de cautiverio y después en todoslos hombres y mujeres de buena voluntad, como emblema ydivisa de todos aquellos y de todas aquellas que pusieron en juego su vida para conseguir la libertad y la justicia, a los que siempre acompañaronlos maravillosos versos de Miguel, en los que podemos leemos:


" hay un rayo de luz en la lucha
que siempre deja la sombra vencida."


Manuel Parra Pozuelo