Sinopsis:

Página multimedia virtual sobre la vida, obra y acontecimientos del universal poeta Miguel Hernández -que murió por servir una idea- con motivo del I Centenario de su nacimiento (1910-2010). Administrada por Ramón Fernández Palmeral. ALICANTE (España). Esta página no es responsable de los comentarios de sus colaboradores. Contacto: ramon.palmeral@gmail.com

viernes, 6 de marzo de 2020

Raúl Gonzalez Tuñon, Miguel Hernández y Juan Gelman y triangulo de oficio ardiente. Por Roberto Alifano





TRIBUNA

Raúl González Tuñón, el siempre solidario poeta amigo

jueves 26 de octubre de 2017, 20:32h
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El arte de la literatura y, en especial, la cenicienta de sus diversos géneros; me refiero a la humilde poesía, está más allá (o más acá) de cualquier ideología y de la “maldita política”, como la calificaba el menos sentencioso que reflexivo Azorín; o de la contingencia del (por lo general) mediocre best-sellers. “La poesía no se vende porque no se vende” y por eso se mantiene incólume.
Raúl González Tuñón, poeta de la ternura y la humildad, noble ciudadano de su amada Buenos Aires, fue uno de los hombres más buenos que conocí en este complejo universo que nos ha tocado habitar. Sinceramente generoso y solidario con los que sufren, dueño de una integridad a toda prueba, fiel a sus principios morales, anteponía la ética y la condición humana a cualquier forma de soborno. Eso lo llevó a vivir con los correspondientes contratiempos que impone la circunstancia social a quienes se revelan contra la patética sumisión de los conformistas ante los poderosos. Cuando viajé a Chile por primera vez lo fui a ver a un diario argentino del que ya se había jubilado, pero concurría por las tardes para pasar en limpio sus poemas, pues carecía de una simple máquina de escribir en su casa.
Yo lo había conocido a través de Juan Gelman (1920-2014), que me sugirió verlo antes de emprender mi travesía trasandina. “El que vivió en Santiago y conoce a muchos chilenos es Raúl –me dijo-. Es íntimo de Neruda. Andá a verlo, él te puede conectar con la gente que conoce”. Así hice. Lo fui a ver y el amable poeta redactó cartas a sus amigos en los que me recomendaba. Había vivido en ese país y el recuerdo que dejó era entrañable. Pablo Neruda y Volodia Teitelboim eran sus principales referentes. Yo llegué en un mal momento; plena campaña política cuando el Partido Comunista postulaba al poeta de los “Veinte poemas de amor” como candidato a la presidencia de Chile. Los avatares de mi llegada, bastante inoportuna, no vienen al caso referirlos. Pude, sin embargo, llegar hasta la casa de Isla Negra para ser recibido por el entonces senador Neruda, que al leer la carta de su amigo Raúl, complacido, no dudó en aceptarme y ofrecerme un rincón en los recovecos de su particular hogar. Agrego que debido a sus ocupaciones políticas, el poeta me iba a recibir por el escaso tiempo de media hora, pero la generosidad de Pablo y Matilde hizo que me quedara a vivir allí durante los días que yo quisiera. Tan mágica es la poesía, que fui por media hora y me quedé casi un mes. Sin duda, en ese acto de hospitalidad mucho o todo tuvo que ver la carta de recomendación del querido Raúl.
Pero vayamos a los viajes de nuestro poeta a España. Raúl llegó a Madrid como corresponsal de un diario argentino, en 1934. Allí no tardó en hacerse amigo de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda y Miguel Hernández. Un año después, hacia fines de 1935, regresó a Buenos Aires y, dos años más tarde, se embarcó otra vez rumbo a España. Fue durante la defensa de Madrid. Y la pasó espantosamente.
Conmocionado por la represión a los mineros asturianos en huelga, González Tuñón había escrito unos poemas que integrarán luego el libro La Rosa Blindada, publicado a su regreso a Buenos Aires, en cuyo Prólogo a la segunda edición vuelca sus recuerdos de ese “inolvidable año ‘35”. A González Tuñón y a Hernández los unirá el mismo ideario político en defensa de la República y en rechazo del fascismo, ambos se integrarán al Partido Comunista, a cuya estrategia política responderán durante los años de la Guerra Civil y ambos sellarán el compromiso con una literatura de inspiración política, resolviendo el dilema arte-sociedad. A esta colección de poemas épico-heroicos, dedicados a la Revolución de Asturias corresponden entre otras composiciones “El tren blindado a Mieres”, “La libertaria”, “El pequeño cementerio fusilado”, “La muerte acompañada”, “Cuidado que viene el tercio” y “La copla al servicio de la Revolución”. Este texto se lo dedica a su entrañable Miguel Hernández al que insta con estos versos a: no cantes ni cante jondo / ni copla de romancero / canta La Internacional / que es canto de nuestro tiempo. Aída Lafuente, es el personaje referencial y protagónico de “La Libertaria”, heroína trágica de la represión en la huelga de los mineros asturianos y “Rosario, dinamitera” poema de Viento del Pueblo (1937) son hermanas de lucha, como también el ritmo de canto oral que González Tuñón y Hernández le imprimen a estos y a otros poemas, que hacen pensar en la apertura de un surco épico, en el que dejan caer semillas que ambos cultivarán para dar una nueva significación distinta a sus voces poéticas.
Pero vayamos a la amistad de Miguel Hernández y Raúl González Tuñón. Se conocieron en 1935, en un agasajo al pintor de la Escuela de Vallecas, Hernando Viñes, en la Hostería Cervantes de Madrid. Eran los intensos años de la II República y Miguel Hernández estaba integrado al grupo de artistas que frecuentaban el subsuelo del Palacio de Correos, en el Paseo de La Castellana y Cibeles, donde funcionaba una cervecería a la que concurría la flor y nata de los poetas del ’27, entre los que se contaban Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Rafael Alberti y a los que se agregaba, cada tarde, Pablo Neruda, León Felipe y Arturo Serrano Plaja. Grupo bullicioso e iconoclasta que no vaciló en incorporar al solidario poeta argentino, a la sazón hijo de inmigrantes asturianos y nieto de un minero socialista.
El recién llegado a Madrid, González Tuñón, venía escapando de la censura y de la persecución del gobierno militar que encabezaba en la Argentina el general Agustín P. Justo. Duro asunto que se debía a la publicación en 1933, de la revista Contra, dirigida por González Tuñón, donde apareció, entre otras colaboraciones, una firmada por Borges. Un juez condenó al poeta a dos años de cárcel. Este ultraje a la libertad de expresión mereció, obviamente, el repudio internacional, en especial de los intelectuales españoles, que firmaron una declaración de apoyo al querido poeta porteño, redactada por Federico García Lorca. Esa férrea condena internacional logró que la sentencia fuese anulada y que más tarde Raúl pudiera volver a su patria.
Ese mismo año Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, le dedicará un impecable y cariñoso soneto del que conservo un manuscrito obsequiado por Neruda:
Raúl, si el cielo azul se constelara
sobre sus cinco cielos de raúles,
a la revolución sus cinco azules
como cinco banderas entregara.

Hombres como tú eres pido para
amontonar la muerte de gandules,
cuando tú como el rayo gesticules
y como el rayo al rayo des la cara.

Enarbolado estás como el martillo,
enarbolado truenas y protestas,
enarbolado te alzas a diario,

y a los obreros de metal sencillo
invitas a estampar en turbias testas
relámpagos de fuego sanguinario.
Le debo a mi amiga, la poeta Milagros Salvador, un ejemplar de La muerte en Madrid, una verdadera reliquia, que acompaña Las brigadas de choque, que compré en la Feria del Libro Antiguo y contiene el famoso poema “La calle del agujero de la media”.
No hace mucho, la XIX edición del Festival Internacional de Poesía de Rosario que le estuvo dedicada indican, como lo señalaron los curadores del Festival en su programa, que ha llegado la “ocasión para reabrir la obra de uno de los grandes poetas argentinos”. Posición a la que adhiero.
No diremos “clandestina”, ya que sería exagerado el término, pero es seguro que la circulación de los poemas de nuestro amigo ha sido irregular en estos últimos cincuenta años. Resulta bastante arduo en Buenos Aires conseguir un libro suyo; no tanto aquí, en España donde quedan cuidadas primeras ediciones. La poesía, casi resulta ocioso decirlo, tiene pocos editores; de manera que su obra aún está a la espera. González Tuñón, no tuvo en vida, como sí lo tuvieron Borges o Juan L. Ortiz; uno de manera retrospectiva, el otro prospectiva, el ánimo ni la voluntad de convertirse él mismo en editor de su obra completa y tampoco parece haber tenido exégetas suficientemente abnegados o pacientes, como también los tuvieron Oliverio Girondo o Alejandra Pizarnik. Su obra circuló, materialmente, como pudo. No quiere decir que no lo haya en cantidad, pues los compañeros de ruta del Partido Comunista o sus efusivos lectores –que los tiene de a miles– siempre estuvieron bien dispuestos a inaugurar una colección de libros de poemas con uno de Raúl González Tuñón, que paulatinamente se iban pareciendo cada vez menos a los de su versión original.
Hay que agregar a eso, a los cantautores y musicalizadores de sus poemas y además a sus intérpretes, que también ya hacen historia y van desde el Cuarteto Cedrón hasta Alejandro del Prado, desde Miguel Abuelo hasta Paco Ibañez y, de allí en adelante a los cantantes de peñas, siempre entusiastas para desearle salud a la cofradía y que también contribuyeron a mantener viva su obra y hasta, por momentos, a otorgarle el sueño del anonimato. Sin embargo, eso que se conoce de Raúl González Tuñón es, sobre todo, una aproximación que contribuye a conformar esa suerte de colectivo conceptual incluyente de sus poemas, de la circulación de sus poemas, de sus poemas convertidos en canciones, pero también de su militancia política en el Partido Comunista, de su trabajo en el periodismo, como cronista y como corresponsal, de su activa presencia en la España de la Guerra Civil. Experiencia que le valió la amistad de otros grandes de la poesía universal y, también, por supuesto, la enemistad.
Menciono en algún párrafo al querido Juan Gelman, Premio Cervantes 2007. No hay que olvidar que el prologuista y tutor de su primer libro Violín y otras cuestiones, fue nuestro Raúl, vigilante de la tradición vanguardista junto a Girondo; ambos, desde sus trincheras de la revista Martín Fierro, fueron los impulsores de esas corrientes.
Sabio en su decir existencial, la intensidad del inmortal Raúl González Tuñón está en cada verso de toda su poesía y en “La calle del agujero en la media”, o en “Eche veinte centavos en la ranura”, dos de sus más difundidos poemas:
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
(…)
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz…
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
O aquellos otros no menos famosos y populares:
A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes, y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura…
En España se lo conocía a Raúl como el “Pichón argentino”, según me informó José Hierro, que también lo conoció y fue amigo. “Raúl se pasaba de bueno”, me confió. “Yo nunca encontré a nadie que observara una mala acción de Raúl”. Poco meses antes de morir cenamos en una cantina del barrio de Colegiales, muy cerca de donde vivía. “He nacido en Buenos Aires, pero soy tan asturiano y tan porteño como Carlitos Gardel, que era francés”, se sonrió al hablarme de sus orígenes. Ese hombre prodigioso y bueno que fue Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires el 29 de marzo de 1905 y murió en la misma ciudad el 14 de agosto de 1974. Estuvo casado con Amparo Mom, a la que dedicó el conmovedor poema “Lluvia”:
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.

Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.

¡Qué poeta tan maravilloso!, ¿verdad?

----Pasado por Ramón Palmeral, director de "Miguel Hernández-multimedia Centenario"